domingo, 9 de enero de 2011

Narciso se mira en el texto



En el mundo de la lectura se da un hecho curioso: la mayoría de los lectores tiende a considerar las actitudes e ideas de los personajes de ficción como coincidentes con las particulares del escritor; tendencia que se hace identificación total cuando la voz narrativa es en primera persona. Al parecer, no se trataría tanto de que el lector no supiese diferenciar la ficción de la realidad, cuanto de que no separase al autor del texto. ¿Por qué es esto así?, ¿cuáles son las causas que impulsan a leer de esta manera?, ¿qué es leer cuando se lee de esta forma?...
Afinemos las preguntas y planteémonos en primer lugar la siguiente: ¿qué concepción del texto subyace a este tipo de lectura? Veamos una posible respuesta. Según este tipo de lectura el texto no es algo objetivo, un artificio creado para producir un efecto y construir un sentido a través de unos determinados recursos narrativos. Por el contrario el texto es la cristalización lingüística de las capacidades expresivas de una persona, el autor, y, en última instancia, él mismo persona. El texto, pues, no sería un “que”, sino un “quien”, una voz que nos habla y nos conmueve, una mirada cuyo interior queremos descifrar o ante la cual deseamos exponer nuestras interioridades, un alguien dotado de sentimientos, voluntad e ideas, en definitiva, de vida psíquica. Si esto es así el meollo de un texto no estaría en su hacer sobre el lector – sentir y sentido – sino en su ser frente al lector – una persona atractiva o repelente –.
Llegados a este punto podemos plantearnos una segunda pregunta ¿qué tipo de relación establece un lector con un texto-persona? A costa de parecer de perogrullo la única respuesta posible es una relación personal, es decir, una relación caracterizada por el calor y la intimidad, por el encuentro de subjetividades, por el roce de psicologías, por el acercamiento de yoes. La lectura quedaría transformada en un espacio de sinceridad y autenticidad, en una búsqueda de sentimientos y experiencias afines, en una revelación de identidades, en definitiva y de nuevo, en un intercambio de vida psíquica.
Pero analicemos más de cerca este tipo de relación personal con el texto-persona. En primer lugar habría que decir que esta relación no es una relación de igualdad. El texto-persona no es meramente una persona, es una personalidad, o sea, un alguien cuya manera de pensar o comportarse es original y le distingue de la gente corriente. El texto-persona tiene una identidad recia, acusada, vigorosa, no teme exponerla a la vista del otro, la expresa sin reparos y con virtuosismo. El lector-persona, por el contrario, no sabe quién es, teme el juicio ajeno, desearía manifestar su mismidad pero no halla en sí los recursos expresivos para ello. Consciente de su débil identidad, el lector-persona buscará en la fuerte identidad del texto-persona la suya propia, identificándose con ella. En segundo lugar habría que decir que la relación personal con el texto-persona es una relación narcisista. El lector-persona, autoabsorbido en la caza y captura de su yo auténtico, en sus deseos perentorios, oscuros y ambivalentes, en la caótica galería de horrores y sentimientos encontrados de su vida interior, mira a su alrededor y todo está lleno de sí mismo. Las cosas no son para él, son él. Sin embargo, debido a su propia falta de identidad, vacía el mundo al proyectar su vacío. El bucle se cierra y la paradoja se anuda. Entonces concibe al texto-persona como una psique ordenada, brillante, pulida, lo convierte en lo que desea para sí, lo hace espejo, lo mira para poder verse. Y así perseguirá en el texto-persona su propia imagen, es decir, aquello que le simbolice, le represente, le signifique, le construya, le dé entidad y sentido.
Puestas así las cosas ¿qué consecuencias tendría sobre el autor, el texto y el lector esta forma de leer como relación personal? El autor buscaría con sus estrategias narrativas construir efectos superficiales y fácilmente reconocibles que llevaran con eficacia al lector a procesos primarios de afinidad e identificación. El texto pasaría a ser un pretexto, un mercado virtual en dónde se intercambiaría vida psíquica. El lector quedaría reducido a la pasividad, al silencio, a la experiencia vicaria y, en última instancia, a la reproducción de su impotencia. En definitiva, la relación personal que decía querer calor, intimidad, sinceridad y autenticidad se revela como un estado que convierte al autor en un seductor, al texto en una navaja suiza dispuesta para los mil usos que demande su consumidor, y al lector en un Narciso chapoteando en las líneas tipográficas.

Ramón Qu

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